

Un análisis estratégico para la Economía Social y Solidaria desde La Voz Colectiva
Los días 6 y 7 de julio de 2025 se celebró en Río de Janeiro la XVII Cumbre de los BRICS, bajo la presidencia del mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. El lema elegido —“Fortaleciendo la Cooperación del Sur Global para una Gobernanza más Inclusiva y Sostenible”— sintetizó con claridad el espíritu del encuentro: no se trató únicamente de una reunión diplomática, sino de un momento político orientado a redefinir la arquitectura del poder global desde una perspectiva más equitativa, multilateral y representativa.
Esta edición marcó un punto de inflexión histórico. Por primera vez, el bloque sesionó con once miembros plenos tras la incorporación formal de Indonesia el 6 de enero de 2025. La expansión iniciada en 2023 culminó así en una transformación profunda: los BRICS representan hoy más del 50 % de la población mundial y cerca del 40 % del PIB global. El bloque dejó de ser un foro emergente para convertirse en un actor estructural del sistema internacional.
Sin embargo, el crecimiento cuantitativo también implica mayor complejidad cualitativa. Diversidad política, modelos económicos disímiles, tensiones geoestratégicas internas y debates sobre valores democráticos atraviesan hoy la identidad del bloque. La pregunta central ya no es si los BRICS tienen peso, sino qué tipo de orden internacional desean construir y con qué coherencia normativa lo harán.
Para quienes impulsamos la Economía Social y Solidaria (ESS), este escenario no es ajeno ni distante. La reconfiguración del poder global abre ventanas de oportunidad —pero también riesgos— para los movimientos cooperativos, las empresas de propiedad colectiva y las redes productivas del Sur Global.
Los miembros fundadores —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica— fueron acompañados en esta edición por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Irán, Argentina, Etiopía e Indonesia. Esta ampliación respondió a una estrategia clara: consolidar una coalición del Sur capaz de generar alternativas al orden financiero, comercial y político dominado por potencias occidentales.
La presencia de líderes fue significativa, aunque hubo ausencias que marcaron la narrativa geopolítica. El presidente ruso Vladimir Putin participó por videoconferencia debido a la orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional, lo que impedía su desplazamiento físico. Por su parte, el presidente chino Xi Jinping delegó su representación en el primer ministro Li Qiang, reduciendo la visibilidad directa del liderazgo chino.
A pesar de ello, el mensaje político fue claro: el bloque mantiene voluntad de coordinación estratégica frente a un entorno global marcado por conflictos regionales, tensiones tecnológicas, reacomodos comerciales y disputas por recursos críticos.
Uno de los consensos más firmes fue la necesidad de reformar la arquitectura institucional surgida tras la Segunda Guerra Mundial. El Consejo de Seguridad de la ONU, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio fueron señalados como estructuras que aún operan bajo lógicas de representación asimétrica.
El bloque insistió en ampliar la representación permanente del Consejo de Seguridad, fortalecer la participación de economías emergentes en el FMI y democratizar la gobernanza del Banco Mundial. También se criticaron prácticas comerciales que, bajo discursos de libre mercado, esconden proteccionismos estratégicos.
Este debate no es menor. Si el sistema multilateral no refleja la realidad demográfica y productiva actual, su legitimidad se erosiona. Para el Sur Global, la reforma institucional no es un capricho ideológico, sino una condición para la estabilidad sistémica.
La crisis climática fue abordada desde el principio de responsabilidades diferenciadas. Los BRICS demandaron que los países desarrollados cumplan compromisos financieros históricos hacia el Sur, reconociendo que los impactos climáticos afectan con mayor severidad a quienes menos contribuyeron a la emisión de gases de efecto invernadero.
En este contexto destacó el respaldo al Tropical Forests Forever Facility (TFFF), impulsado por Brasil como mecanismo alternativo de financiamiento climático, con mayor autonomía respecto a los esquemas tradicionales controlados por organismos multilaterales del Norte.
China y Emiratos Árabes Unidos manifestaron disposición a invertir en el fondo, lo que podría proyectarlo como instrumento relevante rumbo a la COP30. Si logra diseñarse con criterios participativos y descentralizados, podría abrir oportunidades directas para cooperativas forestales, comunidades indígenas y proyectos de bioeconomía popular.
El impulso al comercio en monedas nacionales constituye uno de los movimientos más estratégicos del bloque. Programas piloto entre China, Rusia e India ya han permitido transacciones por más de 2,000 millones de dólares equivalentes en yuanes, rublos y rupias.
El objetivo no es crear de inmediato una moneda común, sino construir una infraestructura financiera propia: sistemas de compensación, plataformas digitales de pago y coordinación entre bancos de desarrollo. Se busca reducir la exposición a sanciones unilaterales y disminuir la dependencia del dólar como moneda intermediaria.
Este proceso es gradual, pero su impacto potencial es estructural. La hegemonía monetaria ha sido históricamente uno de los pilares del poder geopolítico. Si se consolida una arquitectura multipolar, el equilibrio financiero global podría experimentar transformaciones profundas.
Por primera vez, la inteligencia artificial ocupó un lugar central en la agenda BRICS. El bloque aprobó una hoja de ruta para el desarrollo y regulación ética de la IA, con principios de transparencia, equidad, soberanía tecnológica y protección de derechos humanos.
Se planteó fortalecer la cooperación científica Sur-Sur, impulsar tecnologías abiertas y evitar dependencias estructurales respecto a corporaciones transnacionales concentradas en el Norte.
La inclusión de este tema revela conciencia estratégica: la disputa tecnológica no es sólo económica, sino civilizatoria. Quien define los algoritmos define también patrones de producción, consumo y control social.
Los BRICS condenaron atentados recientes —incluido el ocurrido en Pahalgam, Jammu y Cachemira, el 22 de abril de 2025— y reiteraron su compromiso con una arquitectura de seguridad basada en el derecho internacional y el respeto a la soberanía.
Se criticaron intervenciones unilaterales y regímenes de sanciones selectivas que, según el bloque, erosionan la legitimidad del sistema internacional. Además, se propuso explorar mecanismos regionales de prevención de conflictos con enfoque civil y comunitario.
La expansión del bloque ha incorporado países con modelos políticos diversos, incluyendo regímenes autoritarios. Este hecho ha generado críticas sobre la coherencia normativa del grupo en materia de derechos humanos y democracia.
El desafío es evidente: ¿puede un bloque que busca reformar la gobernanza global sostener legitimidad moral si internamente exhibe divergencias profundas en valores políticos?
La multipolaridad no es sinónimo automático de justicia. Puede ampliar espacios de soberanía, pero también reproducir prácticas de poder tradicionales bajo nuevos actores.
Desde Estados Unidos, el expresidente y candidato Donald Trump declaró que consideraría aranceles adicionales contra países que adopten políticas “antiestadounidenses” asociadas al bloque. Aunque no se materializaron sanciones inmediatas, las declaraciones reflejan tensión estructural.
La respuesta de Lula fue contundente: el mundo no quiere un emperador. La frase sintetiza el núcleo del debate actual: el tránsito desde una hegemonía predominante hacia un orden negociado y plural.
La ESS no puede permanecer como espectadora pasiva de esta transformación. Existen al menos cuatro ejes de articulación concreta:
Más allá de cancillerías, la cooperación debe descender a territorios. Redes agroecológicas internacionales, intercambios comunitarios de saberes, alianzas cooperativas en turismo solidario y vivienda autogestionada pueden articularse bajo esta nueva narrativa multipolar.
El TFFF puede convertirse en instrumento para proyectos cooperativos de reforestación, captación de agua, agroforestería y transición energética justa. La ESS debe incidir en la gobernanza del fondo para evitar centralización tecnocrática.
La arquitectura multipolar inspira la construcción de monedas sociales, bancos cooperativos digitales, fondos rotatorios regionales y plataformas de pago democráticas. La soberanía financiera no es sólo macroeconómica: también es comunitaria.
La gobernanza de la IA abre espacio para laboratorios territoriales de innovación social, plataformas cooperativas digitales y algoritmos éticos diseñados desde realidades locales. La tecnología puede ser herramienta de control o emancipación; dependerá de quién la diseñe y bajo qué principios.
La XVII Cumbre BRICS no resolvió las tensiones del sistema internacional, pero sí consolidó una tendencia irreversible: el mundo transita hacia una configuración multipolar.
Para la Economía Social y Solidaria, este momento representa una oportunidad histórica. No basta con observar la disputa entre potencias; es necesario construir alternativas productivas, financieras y tecnológicas desde abajo, con enfoque territorial y gobernanza democrática.
La multipolaridad puede abrir espacios de soberanía. Pero sólo la organización social consciente podrá traducir esa soberanía en justicia económica, sostenibilidad ambiental y dignidad colectiva.
Desde La Voz Colectiva, el desafío es claro: interpretar la geopolítica no como espectáculo distante, sino como campo estratégico donde se disputa el futuro de nuestros territorios.
